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Tecnología e educación: en busca de un buen match

04/07/2018

Por Carol Monteiro, da Coding Rights | #Boletín17


Antes que nada, un aviso: este será un texto con más preguntas que respuestas. Eso es porque, en Brasil, el uso de las nuevas tecnologías en la educación, tanto en el área pedagógica como en la de gestión y comunicación, todavía es algo muy nuevo. Esa fue, por lo menos, la conclusión a la que llegué después de conversar con una serie de profesionales que trabajan con el tema. A pesar de que algunas instituciones se destacan por la adopción de esas prácticas antes que el resto, hoy tenemos un panorama en el que es difícil analizar el impacto del uso de aplicaciones, tablets, talleres makers, games y diversos equipos tecnológicos y robóticos en el presente y en el futuro próximo de esta generación. Aquí podemos arriesgar algunas predicciones y plantear cuestionamientos importantes en lo que se refiere a la gestión de los datos personales y el uso de inteligencia artificial, por ejemplo. Pero el hecho es que se concluye que la presencia de la tecnología en el proceso de aprendizaje es irreversible y tiende a aumentar e intensificarse en los próximos años.

Una generación que no tiene miedo de programar

A la generación que hoy frecuenta las clases de educación infantil y básica, los códigos de programación no les resultarán extraños ni amenazadores, como ocurrió probablemente con la generación de sus padres. Para ellos, que nacieron rodeados de aplicaciones, programar podrá ser casi como escribir.

Una empresa llamada Happy Code es la prueba de que eso ya es algo muy natural y previsto. “Creada a partir de la necesidad de enseñar competencias digitales a una generación que ya nació conectada”, la empresa ofrece cursos de programación, robótica, desarrollo de games y aplicaciones y hasta, escuchen bien, curso de youtuber (!!!) para niños y adolescentes de 5 a 17 años. Si antes tener un laboratorio de informática ya era sinónimo de escuelas actualizadas que acompañaban el desarrollo y las demandas de la tecnología, hoy las instituciones que dedican parte de su currículo académico a esa área buscan ofrecer actividades en sociedad con empresas similares a Happy Code o invierten en profesionales especializados en la cultura maker, en ciencia y robótica, en equipos de realidad virtual y clases por medio de aplicaciones.

Otra característica que probablemente cambiará con esta nueva generación es el perfil predominantemente masculino en las profesiones relacionadas con la tecnología. Eso porque, desde temprano, también se está estimulando a las niñas a que entren en contacto con esa área del saber. Hoy ya existen varias iniciativas que buscan o acogen jóvenes y adolescentes que se interesan por la programación o la robótica, por ejemplo. BuzzFeed hizo recientemente una lista con algunos ejemplos. De forma paralela a los proyectos independientes, gigantes del Silicon Valley como Google también han notado el potencial y la necesidad de conversar con ese público, mientras las jóvenes todavía están en la escuela. En Brasil, desde 2014, la empresa organiza anualmente el proyecto Mind the Gap en las sedes de San Pablo y Belo Horizonte (la idea nació en Israel, en 2008, y después se extendió a otras sedes en todo el mundo). El proyecto invita a alumnas de enseñanza media a conocer las oficinas, participar de conferencias con mujeres que trabajan en el área de ingeniería de computación, entender cómo es la rutina, entrar en contacto con algunos proyectos y realizar talleres prácticos.

Observar ese nuevo escenario que las nuevas tecnologías están llevando a la educación aún es un desafío, principalmente para los padres, responsables y educadores. De cualquier manera, con sus horizontes positivos y negativos, es inevitable.

Y allí empiezan a surgir las preguntas… ¿Cómo lidiar con un hijo que sueña con ser youtuber? ¿Hay que apoyarlo, incentivarlo o desestimularlo? ¿La tecnología de hecho colabora con el progreso educativo y disciplinario? ¿Cómo encontrar el equilibrio de las actividades virtuales sin evitar el distanciamiento de la realidad? Y ese equilibrio, ¿es realmente necesario? ¿Lo virtual debe ser tan maldito como a veces parece serlo? ¿Cómo se analizarán, procesarán y relevarán los perfiles de millones de esas personas que se pasan la vida cediendo información personal por medio de redes sociales y aplicaciones? ¿Y cuando se vuelvan adultos, lleguen al mercado de trabajo y sean reclutados por medio de profiling? Yo avisé que serían muchas las preguntas.

La cultura maker como aliada de la educación

Maker es el término usado para los “hacedores”, o sea, aquellos a quienes les gusta literalmente poner las manos en la masa. Ese movimiento ya viene ganando fuerza en el mundo y en Brasil hace algunos años y estimula el trabajo en equipo, la experimentación, el emprendedorismo, el despertar creativo y cuestionador, mientras se aprende robótica, electrónica, automatización y programación valiéndose también de técnicas y materiales más simples, relacionados con la artesanía y el reciclaje. Hoy es posible encontrar tanto escuelas especializadas en el tema (Mundo Maker, en San Pablo, por ejemplo), con cursos para niños y adolescentes, como escuelas que adoptaron en su currículo pedagógico la cultura maker, como es el caso de la Escuela Eleva, en Río de Janeiro (que tiene su propio makerspace).

Pero lo que ya podemos observar es que todo ese potencial “transformador” de la cultura maker está siendo apropiado, por lo menos en Brasil, por un público que tienen buenas condiciones financieras para pagar por ese conocimiento y por toda la cantidad de herramientas que implica. Es verdad que ya existen iniciativas como el Olabi MakerSpace, una organización sin fines de lucro localizada en Río de Janeiro que ve la tecnología como una oportunidad de transformación social, y la red de laboratorios públicos del FabLabLivreSP, que surgió de una alianza entre la Secretaría Municipal de Innovación y Tecnología de la Intendencia Municipal de San Pablo y el Instituto de Tecnología Social.

Teóricamente, las escuelas y cursos particulares que invierten en la cultura maker también dicen creer e invertir en la comprensión de la pertenencia global, pero sabemos que esa es una realidad difícil de transponer, como lo demuestra la historia de la humanidad. Casi dos décadas después iniciado el siglo XXI, las clases sociales siguen con su disparidad, entre privilegios y dificultades. ¿Las nuevas tecnologías, lo que ellas nos aportan y nos facilitan, también podrán ser oportunidades de cambiar ese panorama por medio de la educación? ¿Los makers, independientemente de sus orígenes sociales y económicos, lograrán tener un papel relevante en ese proceso? Todavía es muy pronto para tener esas respuestas. La cultura maker, con seguridad, está haciendo la diferencia en la vida de muchos jóvenes, pero para ver cómo ese perfil impactará en la realidad de Brasil y del mundo todavía tienen que pasar unos diez años. Solo entonces tendremos respuestas y resultados más concretos y significativos.

Las aplicaciones escolares de comunicación y gestión

Si hay un producto que podemos decir que ya “encontró su lugar” en las escuelas brasileñas, por lo menos en las privadas, son las aplicaciones de comunicación y gestión. En una rápida búsqueda en Internet, a cualquier persona se le presentan en la primera página de resultados cerca de ocho a diez productos diferentes que disputan el espacio y su atención, entre links bien clasificados y de publicidad. El motivo para que una institución educativa migre a un sistema de gestión y comunicación que funciona a través de una aplicación es casi siempre el mismo: desburocratizar, ahorrar papel e impresión, sustituir la antigua agenda escolar y dejar de usar el e-mail, que nunca era leído por la mitad o más de la mitad de los destinatarios.

La escuela Edem es una más entre las nuevas adeptas al uso de aplicaciones de comunicación y de gestión. Optaron por la aplicación IsCool, “la aplicación de educación escolar que más crece en el país”, según una frase destacada en el sitio web de la empresa. La aplicación comenzó a utilizarse en abril de este año y su implementación todavía está en fase de adaptación entre los padres, los alumnos, los profesores y otros profesionales de la escuela. La aplicación puede descargarse en los sistemas Android, iOS y Windows, y este criterio pesó en la elección realizada por la institución, que antes tenía una aplicación propia, pero que no era compatible con iOS. Según Claudia Fenerich, directora pedagógica y coordinadora de comunicación de la escuela, en 10 días tuvieron un 60% de adhesión. Obviamente, a algunas personas les parece extraño y desconfían de la nueva práctica. Uno de los profesores, por ejemplo, no quiso adherir al uso de la aplicación. “El profesor alegó que no quería registrarse en ninguna empresa”, explica la directora pedagógica. Los padres y los responsables pueden optar por no descargar la aplicación y continuar recibiendo la información por e-mail, pero incluso para eso tienen que registrarse en el sitio web de IsCool. “Reconocemos que la cuestión de la administración de datos es delicada. La empresa nos garantiza la seguridad y el cifrado, y datos como los boletines, las evaluaciones y las faltas no pasan por la aplicación”, destaca. Para eso, la escuela Edem usa una herramienta propia interna, donde archiva toda esa información.

La diseñadora Joanna Chigres es madre del pequeño Bernardo, de 1 año y 5 meses. Interesada en la tecnología, Joanna cuenta que eso pesó en la elección de la primera escuela de su hijo. “Me gusta el tema y empecé a pensar hasta qué punto la tecnología puede ayudar o perturbar su educación”. Su trabajo con diseño se centra en la educación: Joanna crea capacitaciones para empresas, que pueden ser games virtuales, actividades por medio de realidad aumentada, podcasts y hasta juegos de tablero. La diseñadora investigó cerca de 10 jardines de infantes hasta optar por Bom Tempo Creche-Escola debido a una serie de prerrequisitos: la línea pedagógica, el espacio, el cuidado, las actividades extracurriculares (música, huerta, prácticas deportivas, etc.) y la relación con la tecnología. Bom Tempo usa la aplicación IsKola para comunicarse con los padres y los responsables. Y, claro, como la mayor parte de las escuelas brasileñas, también está en Facebook y en Instagram. “Todos los días les sacan fotos de los niños y los viernes las ponen a disposición a través de la aplicación”, explica. Cuestionada sobre el tema de la privacidad y la idea de que ese contenido sea compartido, incluso con imágenes del hijo divulgadas por la página de la escuela en redes sociales, Joanna afirma que entiende los riesgos, pero que confía en la institución.

De hecho, herramientas como grupos de Facebook y Google Drive ya eran usadas por profesores y alumnos mucho antes de la adopción de las aplicaciones. O sea: ya hay muchos datos almacenados y procesados por las gigantes de Silicon Valley sobre la educación, la infancia, la adolescencia, la cultura, las preferencias y las tendencias de niños, adolescentes y jóvenes en Brasil. Puede hasta parecer ingenuo preocuparse por la fuerza de ese mercado de aplicaciones, pero mientras el país no tenga una ley de datos personales que garantice la protección de la privacidad y la autonomía, sobre qué hacer con sus propios datos, no se puede pasar por alto ninguna brecha.

Silicon Valley está interesado en los datos de esa generación

Podemos dividir a las personas que usan Internet y las nuevas tecnologías hoy entre las que no tienen la menor idea de que son vigiladas en un régimen 24×7, aquellas que tienen una vaga idea, pero no conocen la dimensión de esa vigilancia, y las que saben y están preocupadas por el tema y por cómo impacta o impactará en diversos aspectos de su vida. A eso se le agrega el hecho de que en Brasil, según una investigación de la Fundación Getúlio Vargas, las redes sociales son consideradas una de las “instituciones” más confiables por los brasileños, posicionándose solo detrás de las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica. Frente a un escenario como ese, es más posible suponer que, en esa muestra, el primer grupo de la clasificación es el más numeroso. Mientras tanto, sin leyes ni reglamentaciones, sin entidades de supervisión y fiscalización, las grandes empresas de tecnología, que en los últimos años vienen liderando los rankings de las marcas más valiosas del mundo, siguen con un ojo puesto en el presente y otro en un futuro no muy lejano, creando herramientas y productos que, simultáneamente, responden a las expectativas del público y del mercado, y les dan retorno con uno de los bienes más valiosos del siglo XXI: la información.

En el área de la educación no faltan ejemplos. Google tiene un brazo dedicado exclusivamente a ese tema: Google for Education. Por medio de Google for Education, la empresa invierte en acciones globales y locales con diversas instituciones y lanza productos. Uno de ellos es Google Chromebook, una notebook “diseñada para el aprendizaje, concebida para el aula”, según su propia definición. La Google Chromebook ya viene con una serie de aplicaciones de codificación, de edición de videos y de animación, entre otras, y está integrada con G-Suite for Education, el sistema operativo en la nube a través del cual, en un solo lugar, los profesores mandan materiales, tareas y pruebas y se comunican con los alumnos. Según datos divulgados por la empresa, más de 20 millones de estudiantes usan Chromebooks en todo el mundo y en cuatro años, entre 2012 y 2016, las ventas crecieron un 58%. En Brasil, en una rápida búsqueda, fue muy fácil descubrir que la Cultura Inglesa, una red de institutos de enseñanza de inglés, usa Google for Education para la enseñanza y para interactuar con los alumnos.

Claro que Facebook no se iba a quedar afuera de esa: la red tiene Facebook for Education, centrado en los profesores. Su página proporciona contenido relacionado con la innovación y formas de enseñanza y aprendizaje a través de la tecnología. La táctica todavía no parece ser tan exitosa como la de Google, pero por otro lado Facebook tiene el Mensajero y los grupos, comunidades abiertas o cerradas a través de las cuales profesores y alumnos de todo el mundo intercambian materiales e información sobre los temas de las clases.

Microsoft también tiene su YouthSpark, una plataforma con consejos para desarrollar habilidades digitales y tecnológicas dirigida al público joven. Recientemente, en Río de Janeiro, la empresa fue socia del evento Bora Transformar, un encuentro para presentar ideas, acciones y proyectos de emprendedores sociales, especialistas y profesores que usaron la tecnología para innovar e involucrar a niños y jóvenes en la educación.

O sea, de una forma u otra, por detrás de las buenas intenciones de acciones o productos que hasta pueden convertirse en herramientas útiles para la enseñanza y el aprendizaje, todas esas empresas están interesadas en recoger datos específicos del área de formación, cultura y conocimiento de una generación completa cuyo valor es inconmensurable en la actualidad. Inconmensurable y, con seguridad, muy, pero muy valioso. La aceptación de herramientas listas desarrolladas por empresas del norte del hemisferio occidental también puede imponer patrones de comportamiento sin que nos detengamos a analizarlos y ponderarlos primordialmente, además de limitar la creatividad y la autonomía. No vamos a negar que la tecnología puede ser una excelente aliada pedagógica, pero es importante impedir que el deslumbramiento con la innovación nos ciegue y nos inmovilice hasta que sea demasiado tarde para ir atrás de todo lo que ya se entregó en bandeja. Por eso, el trabajo de concientización y formación de todos los profesionales del área de la educación y de los alumnos sobre los riesgos, el uso de datos personales, la vigilancia, la inteligencia artificial y otras tendencias es tan urgente y fundamental.

Carol Monteiro es estratega de comunicación de Coding Rights, periodista y estudiosa de los temas de la Tecnología y de la Comunicación.

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